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El cuento de la semana

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El cuento de la semana
El maestro de la semana: René Avilés.
Un poema de despedida...

Estos cuentos serán extraídos de nuestra revista.

Este cuento saldrá públicado en el número 6 de Conversa.

Gráfica de periódicos; Tamaño real= 130 píxels de ancho

La Ejecución
Ángel Vallarta.

Percibo un dejo inusual a sangre en mi boca, mientras el frío y el vaporoso rayo boreal, que se filtra por la ventana, me despiertan. De alguna parte proviene una babel donde sobresalen voces de mando que gritan y cuentan pasos de alguien que marcha.

No hay cielo azul en invierno, sino una humedad vacilante en la que se vaporiza el día, un lienzo blanco que se descuelga y desvanece en las paredes grises. Aquí adentro, todo está quieto. Del rocío normal de las bóvedas se forman gotas después del chubasco de anoche.

Entre los guardias se han turnado para decirme, discretamente, todo lo que va a pasar. Parece que les divierte la cara de quien teme encontrarse con el momento crucial. Mientras recuerdo y temo cada una de las cosas que me han platicado, intento calentar cuerpo y manos, caminando y resoplando sobre mis palmas. Estoy en una celda pequeña de cinco por seis pasos, más fría que oscura. Tiene un camastro de madera en la esquina, sin más manta que la nada; una piedra donde puedes sentarte una sola vez a la semana, cuando entra el sol por la tronera; y un hoyo, donde tu cuerpo puede expulsar lo que sobra de tres porciones de pan y un pedazo de carne que comes a diario. Esta mañana sobrará un trozo de carne y tres de pan, un plato y un camastro. Hoy, la muerte visita este presidio.

Me incorpore para quitarme la comezón con la que siempre duermen los que viven aquí. Y de inmediato calcé las botas que te protegen de los gusanos del suelo. El sueño y el descanso en este sitio están prohibidos. Cuando tornas de la labor, caminas y caminas hasta que la fatiga te vence y te impide sentir los ataques de los bichos del camastro. Y en cuanto te pones de pie tienes que vigilar que ninguno de ellos se te meta entre las botas o lo tendrás que cargar durante todo el día, hasta que lo puedas sacar. Solo los baños semanales de cal, para matar todo aquello que pudiera quedar pegado a tu piel y el posterior baño de agua, te brindan un poco de alivio. Pero la intención es que mueras poco a poco, por eso los camastros y las celdas nunca se limpian, por eso si un guardia se da cuenta que traes un bicho en la bota, no te permite que te la quites.

Desde la ventana, y a través de la niebla, miré aquel templete que los peones armaron. La sobrecogedora plataforma oscura en la que rodará una cabeza y donde mi alma se desprenderá de mi cuerpo para perderme en la ausencia. A partir de que yo pise esa plataforma ya nada será igual... al menos para mí. Y me pregunto si después la vida seguirá siendo la misma para las personas que yo quiero... y para las otras personas.

Nunca hice nada relevante con mi vida y no quiero ni recordar cómo fue que vine a caer entre los que mataron como delito y los que matan como justicia.

Y cuando el mundo diría que esto es un poco normal, que a diario mucha gente se encuentra con la muerte, que es la ley de la vida, de los hombres y otras sandeces más, yo lo aprecio diferente aquí, encerrado. La muerte, me imagino, es la puerta desconocida de donde nadie regresa y donde se pierde toda la energía del pensamiento y de los sueños.

Es enorme el hueco que siento en el estómago, como cuando se tiene un mal presentimiento, como cuando eras niño y esperabas una golpiza paterna por un encargo mal realizado, por una travesura irremediable. Así se espera a la muerte. Y no creo que se sienta lo mismo cuando esperas para matar que cuando esperas para morir. Y siempre dependerá de en qué condiciones mates y en qué condiciones mueras. Creo que todos los hombres deseamos morir rápido, sin sentir, sin sufrir. ¿Y cuando matas? ¿Cómo quisiera el hombre matar? Como sea, no creo que haya muchos hombres que maten por gusto. Se mata por necesidad, por instinto, a cambio de algo, a cambio de alguien. A veces matas y te dan la prisión y otras matas y te puedes ir a la libertad.

Mi padre, como todos los padres lo hacen con sus hijos, me advirtió que las personas que contravienen las reglas de los hombres se enfrentan, invariablemente, a los jueces que, con las mismas reglas que quebrantaste, te condenan. Entonces la cárcel se hace presente, las torturas, los castigos, los pisos fríos y la ausencia del mundo exterior y, como hoy, también está presente la muerte. Pero yo nunca lo entendí de esta manera...

El barullo precede a las sombras tétricas de los celadores en los pasillos oscuros. Las figuras danzan al compás del vaivén del quinqué. Vienen repartiendo el pábulo. Un rato después vendrán por todos para llevarlos a las salinas a trabajar. La sal es tan cruel en días húmedos como en días soleados. Sin embargo, yo no debo temer. Hoy, yo soy un huésped especial, hoy es el día en que las normas y las reglas de los hombres se tintan de sangre para hacerse respetar. Es el día del ejemplo. El día en que muchas familias llevan a sus hijos a que aprendan el fin que tienen los seres que obran mal.

Me han dejado jugo de uva, pan fresco y queso. Está prohibido dar de comer carne a los que están en mis condiciones, como si a estas alturas eso fuera importante para el organismo. Todo me sabe a nada y no me quita el sabor a sangre. Y el vapor de mi boca sigue sin calentar mis manos frías.

Han vuelto los guardias. La puerta de madera se vuelve a abrir con la queja de sus goznes oxidados. Cuatro guardias me rodean, no hay palabras, cada cual sabe su trabajo. Uno de ellos me pone un capuz negro en la cabeza y, con cierta dignidad, no dejo que la amarre... le hago las manos a un lado y ato las cuerdas yo mismo. La capucha tiene unos pequeños orificios para que pueda uno caminar y mirar al frente. Se quedan en la celda el plato vacío y un trago de jugo de uva, que posiblemente nadie tome nunca más.

No llevo nada en mis manos más que el frío que las entume. No se permite llevar nada en este encuentro con la muerte. Me coloco entre los cuatro guardias y salgo al pasillo. Las mirillas de las puertas están abiertas y por allí los presos, que saben quien soy, me gritan mil cosas. Alguien dijo algo sobre Dios y me detengo a mirarlo. Alguien toca mi hombro como señal de que debo continuar el camino. Dejamos atrás las celdas, ya sólo se escuchan los pasos y los cerrojos de las puertas.

La luz plena del patio me deslumbra al contrastar con la oscuridad de los pasillos. Apenas recupero la visión, lo primero que veo es un batallón que hace redoblar los tambores en un ritmo acompasado y desesperante.

El alcaide de la cárcel salió por una puerta del edificio de guardias. Su aparición impuso silencio a todos. Sus firmes pasos sobre la tierra mojada hacían brotar pequeñas gotas de lodo que a nadie importaban. Al llegar al templete arrió su capa negra y la dejó caer con elegancia para que dejara de moverse. El silencio persistía, todo mundo sabía que su voz sería el aviso de la muerte. El alcaide, con un gesto ordenó que yo subiera al templete. Todos voltearon a mirarme. La tos impertinente de un anciano rompió el cruel encanto y éste tuvo que ahogar su malestar entre sus manos.

El alcaide extendió un folio y leyó lo que en la corte ya se había dicho: Por la muerte de un hombre, la violación de dos mujeres y el hurto de dos bolsas con monedas de oro, se condena a Jean Lucien Pardeau a la pena de muerte por decapitación. Así lo decidió la Ley de París y así se hará cumplir. ¡Que Dios se apiade de su alma! Gritó alguna mujer entre la multitud mientras el folio volvía a ser enrollado y mientras el alcaide, ordenaba el inicio del ritual.

Yo volteé a mirar a todos. Contemplé el hacha y su filo brilloso y asesino, el mango oscuro y... sentí mucho miedo. Miré el cesto donde habían caído tantas cabezas y decidí encomendarme al creador y fugarme por un momento a los trigales dorados de mi pueblo.

El morbo estaba disfrazado de silencio y expectación. Los tambores redoblaron por última vez. Verdugo cumpla con su deber dijo el regidor. Levanté el hacha y le corté la cabeza al pobre muchacho. Mi primer trabajo y mis horas de angustia, habían terminado.